Aguanís

Los padres de Pedro llegarían más tarde del trabajo. La oportunidad de reunir a sus amigos para una cita tan especial pesaba más en la balanza que la bronca de su madre al descubrir la fiesta clandestina de su hijo.

Aquel 1 de diciembre de 1998 todo era excesivo delante del flamante televisor de plasma que presidía la escena. Vasos llenos alcohol y alegría bailaban de mano en mano en pleno carrusel alcohólico matutino, los hielos no tenían la oportunidad de derretirse en la vieja cubitera de metal oscurecido y restos de patatas fritas aplastadas por incontables pies abonaban las alfombras. La casa era una fiesta

Y ocurrió. Minuto 38 del segundo tiempo. Pase largo de Seedorf a Raúl, que pincha con maestría; carrera por el interior, recorte a un defensa dentro del área, nuevo recorte que tumba a un segundo jugador y al guardameta, latigazo con la derecha y… ¡Goool del de siempre! El ya famoso aguanís del capitán madridista daba una nueva Copa Intercontinental a la escuadra vikinga que esa mañana luchaba en Tokio.

Nunca una victoria tan remota había sonado tan cerca. Varios de los chavales se amontonaban en el suelo gritando como seres cavernarios, las chicas saltaban y chillaban agudos derramando el contenido de sus copas por el parqué, los muebles empezaron a ser desplazados por los golpes, la televisión sirvió como pista de aterrizaje a una ola de espuma cervecera que por allí volaba… Y en medio de esa explosión de alegría, el tiempo se paró un segundo en la cabeza de Pedro, suficiente para guardar por siempre la imagen del momento. El Madrid campeón, con un Raulito de 21 años, tan solo 1 más que el resto de los trogloditas allí presentes, como héroe; todos sus amigos juntos, felices; Paula, la chica de la que estaba enamorado y que reía desencajada en ese instante, feliz; Pedro, feliz.

Algo curioso que tienen las crisis de la edad en el hombre es que uno no sabe quién alcanza a quién. A sus 37 años, Pedro seguía conservando el espíritu joven que, según su madre, era fruto de la eterna inmadurez del género masculino. Hacía 3 años que se había independizado aunque, como él mismo decía entre risas, a tiempo parcial, ya que gran parte de la ropa y sustento seguían residiendo en la vivienda que le vio crecer. Los trabajos temporales como dependiente en grandes superficies le daban lo justo para el alquiler, algún capricho sin pecado y salir los fines de semana con las mujeres que conocía tras las cajas registradoras.

Era jueves por la noche. El salón apenas estaba amueblado, salvo por la mesa de la televisión, el sofá beige y una pequeña librería con figuritas y recuerdos de viajes. Ningún cuadro pintaba las paredes y el entarimado brillaba fruto de un magnífico barnizado. Recostado en su cheslong de polipiel, delante de la tele plana, no quería creer lo que estaba viendo. Raúl González Blanco, desde Nueva York, anunciaba su retirada como futbolista. Pedrito estaba paralizado. Las lágrimas empezaron a mojar sus mejillas. El llanto era muy diferente al que solía experimentar con películas sentimentales o noticias catastróficas del telediario. Fue un lamento silencioso que brotaba del corazón y los recuerdos. “¿Por qué me haces esto?” susurró en voz baja.

En aquel instante, sólo y con la tele como único testigo, Pedro se hizo mayor.


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