Astérix y Obélix

—Desde aquí ya puedo ver mi aldea. ¡Ah, qué hermoso lugar! ¿Cuántos años han pasado desde que nos fuimos, Obélix? ¿Siete, ocho, quince?

—Cinco años Astérix, cinco años.

Un sol naranja y cansado, empezaba a acomodarse entre las montañas lejanas de poniente. Por el camino de tierra y polvo que conducía a un pequeño poblado galo, dos peregrinos. El más bajo, con andar intermitente, no paraba de golpear con su codo el brazo del más gordo, que avanzaba con pasos lentos y espalda ligeramente encorvada. Un sucio perro blanco, o gris, o marrón, trotaba detrás de ellos jadeando ruidosamente.

—Seguro que nos reciben con una gran fiesta, ¿eh Obélix? Sí, una gran fiesta. Porque fuimos grandes ¿eh, compañero? Los más grandes.— dijo el pequeño al momento que daba un brinco.

—Astérix, ¿De verdad quieres volver? Podemos viajar a Hispania, siempre te han gustado los toros y el flamenco. Y la comida es fabulosa — respondió el más grande mientras mordía su labio inferior.

Astérix se paró en seco y agitando el puño derecho gritó:

—¿Pero qué narices estás diciendo, inútil? ¿Acaso no quieres ir a casa después de… cuánto dijiste, tres años?

—Tranquilo, amigo —respondió con un suave tono de voz—. Dudo mucho que las cosas sigan siendo como las recuerdas. Es posible que no seas tan bien recibido como crees.

—¡Aaah! —bramó, al tiempo que a través de su boca abierta se observaban cuatro únicos dientes, ennegrecidos y mellados, como lápidas abandonadas en un cementerio— ¡Por todos los dioses, estúpido! ¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Eh? Seguro que han puesto una estatua en nuestro honor en mitad de la plaza. ¿Quién acabó con los campamentos romanos que nos hacían la vida imposible? ¿No lo recuerdas? ¿Esa gran panza ha devorado lo poco que tenías de cerebro?

—Astérix… —dijo en voz baja Obélix, que se agachó para recoger al chucho acomodándolo en su regazo.

—¿Y qué hay de los piratas del Britannicum? La de barcos que tuvimos que hundir para que no asaltaran mi aldea… —Sus ojos, pese a estar siempre vidriosos, empezaron a brillar.

—Astérix, cálmate…

—¿Y la lucha contra los godos? Esos sí que estaban locos, ¡como tú! Eres un godo, ¡un maldito godo y gordo!

—¡Astérix! ¡Ya está bien! ¡Mírate! ¡Ya no somos los de antes! —La cara de Obélix enrojeció de ira y una vena en su calva parecía palpita.—. Un día fuiste un joven campeón, el mejor de los mejores. Pero no pudiste desengancharte de aquellas pociones que tan feliz te hacían. Primero perdiste todo lo ganado en nuestros viajes. Después el respeto de los aldeanos, robando y amenazando. Más tarde la dignidad, cuando lo de aquella mujer y el destierro por un lustro.

Astérix, se sentó en el suelo y ocultó su rostro entre las rodillas y unos venosos antebrazos cubiertos de tatuajes.

—Yo no quería, amigo. —gimoteó— No fue más que una mala racha, ¿sabes? Una racha. No sabía lo que hacía. Todas esas batallas y momentos difíciles hicieron que mi cabeza dejara de pensar. Soy un buen tío. ¿Eh? Tú me crees, ¿a que sí, amigo? Me conoces mejor que nadie. Hermano, ¿a qué siempre estarás a mi lado? No me grites, tú no…

Obélix volvió a recuperar el color rosa pálido de su piel, dio media vuelta y perdió la mirada en un grupo de nubes.

—Pero mírate. Los años han pasado. Tu vigoroso mostacho rubio ahora es blanco, tu piel está cuarteada y mortecina y nadie recuerda nuestras hazañas. A mí no me queda ni un pelo y estoy enfermo —hizo una breve pausa e hinchó los pulmones con una gran bocanada de aire—. Toda la vida te he seguido, como Ideafix me sigue a mí. Siempre he permanecido a tu sombra, obedeciendo hasta la idea más absurda que pasaba por tu mente. Y ahora, después de todos estos años, estamos aquí, llorando y lamentándonos en tierra de nadie, sin rumbo, sin nada.

Astérix levantó la cabeza y, entre lágrimas que no terminaban de caer por sus mejillas, preguntó:

—¿Amigo, me vas a abandonar?

Obélix se volvió a girar hacia a su compañero y, mirándole desde arriba, contestó:

—No, Astérix. Ya no. Fui yo quien decidí dejar de tomar decisiones para que lo hicieras por mí. Contigo dejé de ser alguien, pero sin ti no sería nada. Para bien o para mal, estamos juntos. Venga, levanta. Nos queda un largo camino hasta Hispania.

El pequeño Astérix se incorporó de un salto.

—¡Gracias compadre! Pensándolo bien, la aldea nunca me gustó. Si nos damos prisa podremos ver los toros de las próximas fiestas.

Y los tres personajes volvieron a ponerse en movimiento, con Astérix al frente, Obélix un poco más rezagado y un perro blanco, o marrón, o gris, tratando de alcanzarles entre jadeos.


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