Cigarrillos

Una última calada, la que empieza a torturar el filtro del cigarrillo. Luego al suelo, tras de un gesto desganado de dedos para impulsarlo. Es el duodécimo de la mañana y el hedor del tabaco rancio se incrusta en todo tu ser, luchando contra la pestilencia de tu cuerpo sudoroso y grasiento. El esputo posterior rubrica una faena digna de autor. Apoyado en la fachada del bar que regentas, Gustavo, gustas de observar con arrogancia a los viandantes que transitan delante de tu negocio. Gustavito, anónimo rey de nada, qué importante y prestigioso eres en los dominios de tu quimera. El pantalón de pinza arrugado, color otoño añejo, hace juego con la camisa blanca en origen y roñosamente azafranada esta mañana cualquiera en la que te observo con la ternura del que te odia.

De repente un grupo de ángeles. Tres adolescentes de piel morena ríen y comentan despreocupadas los sucesos de la jornada escolar teñida de pícaros devaneos propios de la edad. Alzas la vista y persigues con ojos hundidos sus movimientos. Arrojas un comentario soez por tu boca maloliente. Los espíritus celestes se giran y te regalan un gesto de repulsa mientras aceleran el paso para escapar de la sucia mirada. ¿Qué has dicho? ¿Qué nauseabundas palabras han logrado, una vez más, marchitar la alegría de tres quinces primaveras?

Te mofas ante su huida y sigue saliendo mierda de entre tus labios. Desaparecen las Tres Gracias y, por fin, callas. Tras unos segundos es posible que pienses ahora en lo absurdo que eres. Por si acaso, decides encender otro pitillo y mirar hacia el lado opuesto.

Gustavo, llegará la sombra. Sabes lo que eso significa. Quizá por ello tratas de construir en el castillo de tu pensamiento lo que nunca alcanzaste. Tal vez me esté equivocando y probaste la miel un día, pero ya en ti poco regusto dulce habita.

Y un infierno más, comparece la anunciada noche. Despides al último de los parroquianos de la barra del fracaso, y echas el cierre al local, tu fosa donde cada jornada se reúnen los mismos derrotados de cualquier historia. Agarras con decisión la escoba y empiezas a impulsarla con brío por la superficie cochambrosa de dos colores, el sucio y el guarro. Te detienes. Comprendes que no tiene sentido, no vas a conseguir limpiar nada ni mutar la mugre en brillo. Es tarde. Un pinchazo en tu panza hace que te retuerzas de dolor. Estremecido por la cuchillada fantasmal, tratas de usar el palo del cepillo como tercera pierna y no caer, pero el dolor es excesivo y no aguantas, te derrumbas. Primero de rodillas, rindiéndote ante nadie, luego de cara, agradeciendo fugazmente el frío del suelo al contacto con la piel que arde, duele, grita. Intentas encogerte para mitigar el sufrimiento, pero tu cuerpo comienza a sacudirse con violencia. Algo pasa. Tu cuero lechoso se endurece y torna plomizo. La nariz aguileña y porosa que asoma en tu jeta crece y se humedece tomando forma porcina. Empiezan a asomar dos colmillos agrietados por entre tu morro, desgarrando las ya ensangrentadas encías que escondías al reír. Los gruñidos y guarridos alcanzan agudos tan desagradables y asquerosos que desearías haber nacido sordo. Y empiezas a vomitar. Regurgitas baba marrón y viscosa. Litros y litros de denso líquido inmundo emanan del pozo putrefacto que es ahora tu hocico. Los ojos parecen querer explotar muy lento, como burbujas de pantano. Sientes miedo mientras te vacías por dentro y, en un intento desesperado por no deshincharte, tratas de arrastrar con las pezuñas el líquido nauseabundo de vuelta a tu garganta. A cada trago del néctar hediondo le sigue un nuevo vómito, cada vez más contaminado de ti mismo.

Al amanecer, te pones nuevamente en pie, algo más débil que el día anterior y disfrazado de hombre. Has sobrevivido a otra noche. Abres de nuevo las puertas de la tasca y sales a la calle esperando que lleguen los clientes y, quizá, alguna bendita, mientras enciendes el primer cigarro del día.


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