El héroe efímero

¿A qué edad termina la adolescencia? Es una duda que todavía hoy me pregunto al mirarme al espejo. Según la OMS a los diecinueve años. Muchos dicen que es una etapa preciosa y fugaz que si atesoras en el corazón tu espíritu nunca envejecerá… ¡A la mierda! No es normal que desde los dieciséis años mi cara esté violentamente colonizada por el mal llamado acné juvenil. El mío debe ser acné marca ACME, por que parece una broma pesada.

Obligado a ser el más simpático de los amigos, las chicas disfrutaban mi compañía como la del más majo de los compañeros. Divertido, buena persona, comprensivo… un hombro acolchado abierto 24/7. Pero en el fondo mi espíritu era indomable y se resistía a las imposiciones de la naturaleza. Sabía que el macho alfa esperaba el momento, que un día despertaría de su letargo para conquistar amores como tiene que hacerse, con la más deslumbrante de las bellezas y no mendigando cariño, haciendo uso de palabrería y ocurrencias.

Constantemente, en la clandestinidad del cuarto de baño, probaba toda suerte de pócimas mágicas que prometían dar vida a ese guerrero hermoso oculto en la cueva: mil y una cremas seborreguladoras, aceite de rosa mosqueta, jabón lagarto… hasta me atrevía con mejunjes de autor, como zumo de limón con aloe vera y friegas de ajo. Derrota tras derrota, mi piel era el abono perfecto para decenas de granos que nacían con el alba y no morían al ocultarse el sol.

Una tarde, a los veinte años, después de la siesta del carnero -que es la que acontece antes de la hora de comer-, salí disparado de casa, todavía somnoliento, con destino a la universidad. No me acostumbraba al horario vespertino de las clases, por lo que eran frecuentes las prisas. Ya en la parada del bus, una chica que también esperaba para ir a Moncloa, me miró. Fugazmente, sí, pero me miró, y sonrío. ¡Coño! –pensé- debe ser la primera vez que una chica me sonríe sin previo comentario gracioso por mi parte. Me acabas de alegrar la tarde. Al subir al autocar, que a esas horas estaba medio vacío, fui a sentarme a la parte trasera, la de los repudiados, el lugar donde el pueblo expulsa a los enfermos. Dos asientos por delante, sentada de frente a mí, otra mujer, algo mayor que yo pero sin alcanzar los 25. Guapa, de pelo liso y castaño, labios finos… De las de casarte. Bueno, y también de las que en otra situación jamás me hubiese regalado su interés. Pero estaba pasando, aquellos bonitos ojos verdes se clavaban en mi rostro. Y, por lo visto, no le importaba que me hubiera dado cuenta. Seguía hundiendo en mí sus esmeraldas, piedras preciosas que vibraban y se tornaban aún más brillantes, como si de un momento a otro fueran a soltar una lágrima o emitir alguna palabra, no lo tenía claro. El caso es que le gustaba verme, no había duda. A las dos paradas, dos nuevas muchachas irrumpieron en el autobús. Mientras seguía siendo observado por los faros aceituna de mi admiradora, abandoné el duelo hipnótico de miradas y me dije-¡qué diablos! Si puedo enamorar a mi futura esposa, seguro que no lo tendré difícil para enloquecer a esas, que además son del montón- Dicho y hecho, dirigí la vista a las recién llegadas, que todavía no habían descubierto mi presencia. Fue cuestión de segundos. Ambas bajaron el volumen de su conversación y cuchicheaban a la vez que ojeaban mi recién estrenado encanto. ¡Qué torpes! Seguro que creían que no me daba cuenta. Mirad, ¡miradme!, ¡no pasa nada! No os voy a juzgar, ¡es normal! A nuestras edades lo lógico es eso, que os gusten los tíos atractivos, viriles atletas griegos causantes de encender vuestras pasiones más ocultas.

¡Qué sensación tan inolvidable! Eso no era un autobús, era la divina carroza de Eros recién nacido. Las trompetas celestiales sonaban en mis oídos mientras iba llegando a la Facultad. Un interminable coro de ninfas subía y bajaba, rindiéndome pleitesía con gestos alegres y felicidad al verme. La pitón real había mudado de piel y por fin se había convertido en un animal exótico lleno de irresistible veneno. Al bajar del carro de la EMT, pensé en despedirme de mi público. Algo sencillo, un gesto con la mano y el típico “Gracias, gracias. No me lo merezco”. Pero cambié de opinión al creer que la humildad es la virtud del que no tiene otra, así que regalé un puñado de indiferencia a las espectadoras. Apenas unos minutos desde que había resucitado y ya avanzaba firme por la senda del matador.

Dichoso y con el ego surcando los cielos, decidí pasar por el lavabo de la planta primera antes de entrar en clase. No sé, puede que coquetería o para regalarme un guiño de ojo por la gesta. Froté mis manos dentro del torrente de agua en la pila de triple seno y levante la mirada al espejo. Recuerdo perfectamente que no escupí ninguna grosería. Tampoco blasfemé para mis adentros, ni siquiera quise desahogarme a golpes contra el mobiliario del baño.

Antes de la siesta, había estado probando un nuevo brebaje del que me había olvidado. Arcilla verde, lo llaman. Una masilla de barro del color de los ojos de mi exmujer imaginaria, que hay que dejar actuar durante media hora, lo que duró mi siesta, para posteriormente retirar con agua, dejando el cutis sin grasa ni brillos. Creo que ningún héroe ha hecho menos por la humanidad que el que acababa de morir en aquellos urinarios de la primera planta. Mientras arrancaba el fango de mi rostro, no sentí ningún tipo de sorpresa u odio. Aprendí, sin embargo, que para realizar hazañas no hace falta ser un héroe.


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