Fui de barrio

—¿Por qué estamos aquí, papá? —Preguntó la joven Julia, impaciente y desconcertada, mientras tiraba con infantil insistencia del brazo de Gabriel.

Hoy se cumplían 25 años del acontecimiento que hizo emigrar la inocencia de Gabi a un oscuro estado de tristeza perpetua. Y no, no fueron las bombas que aquella noche iluminaron de sangre y humo atezado las calles del antiguo Chamberí, ni siquiera el trozo ardiente de metralla que apagó para siempre la visión del ojo izquierdo de la asustada criatura. La mezcla de grito y llanto en boca de su madre, arrastrándose sin piernas hacia él, suplicando órdenes de que corriera lo más lejos posible sin mirar atrás, era lo único que Gabriel recordaba de su infancia al cerrar los ojos cada noche.

Hacía poco tiempo que los poderes políticos, siempre preocupados por el bienestar del pueblo, habían enterrado el hacha de guerra y dieron luz verde a la reconstrucción de la zona más castigada por la Fuerza Aérea China aquella fatídica Navidad de 2015. Un nuevo barrio se levantaba perezosamente en lo que fueron las cenizas del distrito castizo de bien por excelencia. Las anchas calles que antaño sirvieron de cobijo a decenas de firmas de moda y novedosos locales de restauración servían ahora el escenario de impersonales construcciones de dos pisos donde se intentaba construir un nuevo presente, entre puestos de comida ambulantes y pequeñas casetas de oficios. Ya nadie se acordaba de la belleza arquitectónica de palacetes sin afán de protagonismo, como el del Defensor del Pueblo en Eduardo Dato, ni de joyas culturales como el desaparecido Museo Sorolla en Martínez Campos. Mucho menos del olvidado griterío de los mocosos en los parques de juegos que coronaban sus emblemáticas plazas y que el llanto silencioso de los mayores trataba de evocar lastimosamente.

Desde ese día, el muchacho de la mirada partida renegó de su barrio, el lugar donde un fatídico crepúsculo se abrieron las puertas del infierno y el espíritu de un Caronte desubicado embarcó a sus padres al mayor de los precios, su niñez.

Gabriel bajó la mirada, y observando un tímido brillo en el dorado pelo de su hija, contestó con dulzura:

—Nada, hija. Volvamos a casa. Mamá dice que compremos fruta.


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