Gallos

—¡Te he dicho 1.000 veces que no entres en mi puto cuarto! —Con ese alarido quise dejar constancia de mi cólera de manera que infundiera respeto, pero fracasé una vez más al mezclarse con un gallo típico de la edad. Es uno de los problemas que tienen los gritos que me salen del alma, también lo hacen de mi garganta.

Cerré de un portazo y me arrojé con rabia sobre la cama, que servía de sofá, mesa de estudios y, a veces, de ataúd, cuando fantaseaba con ver a mis padres adoptivos sufriendo conmigo muerto.

—Realmente la odio, no la soporto ni un minuto más. Un día me pilla la María —farfullé mientras encendía el portátil pintado de llamas y seres de ultratumba.—Siempre dictando lo que tenemos que hacer y metiendo sus narices donde no le llaman. ¡Hasta mi padrastro le tiene miedo! Aunque ¿qué voy a esperar de él? Lo único que sabe es decir que sí. Jodida marioneta… Al menos me compra todo lo que pido. Se sentirá culpable.”

En el fondo de escritorio con una calavera en llamas, las carpetas empezaron a aparecer desperdigadas. Fotos, movidas tuto, cosas que molan, fotos 2, carpeta sin título… La verdad que era un desastre. Cada vez que quería encontrar algo emprendía una nueva aventura. “A ver si llega ya el viejo y le mando imprimir el trabajo de mañana. Siempre por ahí con su socio de la oficina. Nunca está en casa el cabrón, aunque bueno, si yo pudiera haría lo mismo para no aguantar a la nazi. ¡Que le den por culo! Lo hago yo, así me piro antes y me ahorro verles el careto.” De un manotazo, plegué el portátil arañado y lleno de abolladuras y fui al despacho de mi padrastro. Sabía que la única norma que tenía cojones a imponer era que nadie, bajo ningún concepto, podía entrar en esa habitación sin estar él presente. Las cosas de trabajo son sagradas y no se toca nada. Hasta la nazi lo cumplía, a veces. Pero yo los tenía más cuadrados.

Al fondo del cuarto, el ordenador de sobremesa dotaba de simetría a la estancia. Situado en el centro exacto del escritorio de madera maciza, con el ratón a la misma distancia de los bordes de la alfombrilla gris, la impresora a la izquierda con un taco de folios en la bandeja, producto y complementos lucían como de estreno. Mientras mis ojos recorrían el monitor buscando la manera de abrir mi archivo, empecé a sentir agobio. Todas las carpetas estaban ordenadas alfabéticamente con nombres genéricos, a la misma distancia, con idéntico tamaño de letra, sobre el fondo del paisaje de Windows… “¿Es que nada rompe las normas en la vida del títere de la bruja?”. Me estaba empezando a calentar.

Nervioso ante la calma que desprendía la pantalla, arreé un manotazo al teclado. Una de dos, o le di al botón equivocado, o el PC me quiso devolver el golpe, porque apareció una fotografía que me dejó al borde del K.O. ”Así que son mucho más que socios…”. Cortocircuito en mi cerebro. “¡¿Entonces es gay?! A lo mejor le da a todo. ¿Pero y la bruja? Siempre habrá sido marica? Y entonces a mí, ¿cómo qué me mira? No me lo puedo creer… ¿Por qué miente? ¡Pero que es mi padre, técnicamente hablando!“ Puede que hasta mi piel palideciera por momentos, como la de mi padre al sorprenderme desde la entrada de su guarida. No le escuché entrar. Parecía una estatua de sal que iba desgranándose de pies a cabeza.

No sé cómo lo hice, pero con un rápido movimiento de ratón, cerré la foto y puse a imprimir mis hojas. Me levanté y fui hacia mi padre como si fuera un chico feliz más.

-Hola papá. Llámame cuando acabe la impresora, por favor. —Salí de la habitación de los secretos y, mirándole a los ojos, pude por primera vez ver dentro de él. O quizá lo que pasó es que vi dentro de mí. Ningún gallo arruinó esta vez mi frase— Papá, te quiero.

Y volví al refugio de mi cuarto.


3 thoughts on Gallos

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