Niebla

Calma chicha. La niebla empezaba a alzarse desde la superficie del mar y, como un depredador paciente, iba abordando con lentitud el barco. El vaivén suave, casi imaginario, de las aguas mecía el casco del viejo galeón. Al fondo de esa cuna, con las muñecas apoyadas en el timón, Abraham, el Maldito, permanecía inmóvil. Sus ojos hundidos, negros como la pólvora, no parpadeaban. Parecía como si la melodía del crujir de las maderas hubiera sumido su mirada en una danza quieta.

Con la velocidad de un rayo, una trampilla se levantó rompiendo con descaro el romanticismo fantasmal.

—¡Buenos días, capitán! —Gritó una cabeza asomada por el hueco de la portezuela.

De un enérgico salto, esa testa pasó a ser un cuerpo entero. Ahí estaba Tony, el Valiente, vestido con camisa blanca a medio abotonar y luciendo fina perilla cuidadosamente retocada.

—Hace una mañana estupenda para desembarcar en cualquier puerto y saquear, ¿no cree, jefe?

Abraham permanecía inexpresivo.

—¿Me escucha, capitán? —insistió el Valiente sin perder la sonrisa.

—Eh… sí… ¡Sí! —Por fin el Maldito parecía haber despertado de la hipnosis, dejando ver sus labios entre la maraña de pelos negros y grises que formaban su barba. –Sin embargo, Tony, hoy permaneceremos a bordo. El viento amaina y no es buen momento para navegar.

La expresión alegre de Tony desapareció al instante. Su semblante, ahora serio, hacía parecer al pirata unos años más viejo.

—Capitán, hace tiempo que quiero comentarle algo, si me lo permite.

Abraham no contestó. Sabiendo que, fuera cual fuera su respuesta, tendría que escuchar.

—Mire… No logro recordar los días que llevamos sin atracar en tierra. Las jornadas se repiten una y otra vez. ¡Veo azul por todas partes! Creo que me estoy volviendo loco…

—Tony… —dijo en voz baja el capitán.

—Ya sé que usted es el que más sabe del mar, que sus proezas se cantan por todos los rincones a este lado del mundo ¡y voto a Bríos que jamás he dudado de su persona! Pero… compréndame, soy joven y ¡todavía tengo muchos botines que robar, mujeres que someter y paraísos que descubrir! Verle siempre en popa, vagando como alma errante, en silencio… ¡juraría que ha perdido las ganas de vivir! La tripulación es la familia y usted es nuestro padre.

El silencio volvió a apoderarse de la nave mientras la bruma cubría ya los tobillos de ambos marineros, como una nube mate y pastosa.

—Mira Tony… como cada día, voy a ser sincero contigo, aunque sospecho que mañana tendré que volver a repetirte lo mismo, igual que los diez años que llevamos aquí anclados.

El Maldito ajustó su oscuro y podrido fajín.

—Todo ha terminado. Ha pasado una década desde el último asalto. ¿No te acuerdas? ¿¡Cómo vas a recordarlo!? Esa madrugada te sorprendió borracho, yaciente en tu coy acompañado por aquellas dos infelices prostitutas inglesas —Abraham dio media vuelta y dirigió sus ojos al horizonte—. La daga que atravesó tu espalda no tuvo el valor de despertarte.

El Valiente se estremeció y el temblor de sus piernas le hizo dar un paso al frente para no perder el equilibro.

—Haz memoria. ¿Recuerdas la última vez que viste algún tripulante? ¿Hace cuánto no escuchas el grito de “tierra a la vista” desde la cofa? ¿Te has preguntado siquiera quién rellena de aceite los fanales que iluminan día y noche esta embarcación maldita? Somos tú y yo en esta pesadilla donde únicamente cabe esperar.

Tony comenzó a tiritar desconcertado. Inalterable, el capitán sabía lo que el chico respondería.

—Capitán, tengo una resaca de mil demonios, ya hablaremos en otro momento, mañana, tal vez. Voy a dormir un rato.

El Valiente desapareció por la trampilla desde la que había aparecido minutos antes. Abraham quedó envuelto en la niebla que, ahora sí, lo cubría todo.


One thought on Niebla

  1. Tienes el encanto de la antigua literatura de aventura, espíritu de Stevenson y alma de eterno adolescente.
    Me ha gustado.
    Me ha inquietado tu fijación por el mundo marino.

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