Otra oportunidad

Una vez más, el portazo sonó a despedida. Laura bajó los tres pisos hasta el portal con pasos cortos e inseguros. A cada escalón, su cara se iba tiñendo de rímel y lágrimas.

—¡Vuelve! ¡Laura! ¡Te juro que cambiaré!

Las súplicas dejaron de escucharse a partir de la segunda planta. Apenas pudo incorporarse y se hundió de nuevo en el sofá. Si esta vez iba en serio, el ojo derecho y el trabajo no serían lo único que perdería Fran en los dos peores años de su vida. Ebrio y avergonzado, como cada día, volvió a verter el whisky en su garganta en un intento de llenar el silencio que le confundía.

—Laura ¿qué has hecho? ¿Te necesita más que nunca y huyes? ¿Éste es el amor que prometiste en el altar?— Sentada en un parque cercano, sus pensamientos escapaban por entre los dientes en forma de susurros, como una oración de arrepentimiento, mientras trataba de ocultar el rostro con el borde del abrigo. No paraba de temblar.

Poco antes de la medianoche, la esposa regresó a la casa. Entró de puntillas, si encender la luz, tratando de no hacer ruido.

—¿No te ibas para siempre? —la voz de Fran desde la oscuridad la hizo estremecer.

La mujer se paró en seco e instintivamente cruzó los brazos sobre su pecho y apoyó la espalda en la pared. Le aterraba el tono de voz de su marido cuando estaba enfadado, y bebido. Sonaba impasible y tan serena que sintió un escalofrío de la cabeza a los pies.

—¿No tienes dónde ir o es que vuelves para humillar al perdedor de tu esposo?—Como una exhalación, Fran apareció de entre las sombras quedando a escasos centímetros de la acusada —¡Eres una maldita zorra!—

El cabezazo impactó de lleno en su rostro. Antes de sentir dolor, Laura escuchó cómo su nariz crujía y su cuerpo se desplomaba.

 

El soltero de oro, un chico diez, el chulito que nos vuelve locas… varios eran los motes con los que hacía años las amigas de Laura bautizaron al chaval que le volvió loca de amor desde que le conoció por primera vez. Solo de pensarse su elegida se ruborizaba y sentía única respecto a las demás. “Él sí que ha visto en mí lo especial que soy”. Cuántas veces pensó en la suerte que tenía y las envidias que desataba entre el resto.

 

Hacía seis meses que no sabía nada de él. El brillo de sus iris azules y un poco de colorete casi disfrazaban por completo a la que seguro sería la última herida que un hombre le causara. Y no volvería a llorar nunca más. Se lo había jurado. Cuarenta y cuatro años no son tantos para empezar una nueva vida. Volvía a sonreír, poco a poco. Hasta tenía pensado salir un día de éstos con los compañeros de trabajo. Quería ver el vaso medio lleno, aunque “otros” prefirieran vaciarlos.

Esa tarde de domingo, sonó el teléfono. Fran se había intentado suicidar.

El trayecto en taxi hasta el hospital se hizo interminable. Seguro que era por su culpa. Y es que le había abandonado en una situación muy difícil para él. De nuevo brotaron lágrimas en el asiento trasero del coche. Con un clínex arrugado que encontró en un bolsillo y saliva trató de borrar las marcas de maquillaje de su cara. Era de colores cálidos y en ese momento le ardía.

—¡Fran!¡Fran! ¡¿Pero qué has querido hacer?!

Desde la cama de la UCI, el fallido suicida comenzó a gemir.

—Lo siento, Laura, Laura… Lo siento tanto… —En ese instante, lloraron los dos a la vez y se agarraron de las manos.

—Cariño, sé que no es culpa tuya. Perder el ojo en aquel accidente, luego el trabajo… y encima yo, que no entendía que quisieras superarlo olvidando… Tú fuiste quien me eligió hace 22 años entre todas las demás y mira cómo te he tratado…

—Calla ya, no te tortures. Me merezco todo lo que me pase —dijo girando la cabeza hacia el techo— No me he dado cuenta de lo que tenía todo este tiempo hasta que lo he perdido. He sido un compañero horroroso. Aquel golpe me dolió en el corazón más que a ti, ¡te lo juro por Dios!— El juramento lo gritó bajito entre los dientes, solo para ella, apretando sus dedos con fuerza y volviendo a clavar la mirada en sus ojos.

—No me has perdido. Pero por favor, no vuelvas a hacer ninguna tontería.

—Te lo juro… Laura, vida mía… ¿Puedo ir a casa? Seré de nuevo aquel joven encantador que un día te mereció. No te volverás a arrepentir… —Se hizo un breve silencio. Fran abrió completamente los párpados e inspiró. Estaba limpio de culpa.

—Claro que sí mi amor. Juntos seremos otra vez felices. —Fran cerró los ojos y lentamente espiró.

—Gracias, Laurita, no te volveré a fallar.


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