Seguros de muerte

—¡Que comience la cuenta atrás! —se escucha por la megafonía del recinto. Las gradas estallan en aplausos.— 100, 99, 98…

Sentado en el Gran Sillón del Suicidio, yo, protagonista absoluto. El tecnoanfiteatro Seguros May firma otro de sus mejores registros. No cabe ni un alma, por lo menos hasta que, por fin, el mío se apague dentro de pocos minutos. El público ruge de emoción. Será feliz mientras dure el espectáculo.

—81, 80, 79…

Desde que seiscientos años atrás aquellos científicos descubrieran el gen de la vida eterna, la humanidad cambió por completo. Recuerdo que en la escuela nos contaban las penurias de nuestros antepasados al saber que la mayoría moriría antes de cumplir los cien. Nacer para morir, parece triste.

Sin embargo, las promesas de buenaventura y juventud perenne que hicieron soñar a la humanidad, son ahora su pesadilla.

—63, 62, 61… ¡Un minuto y empezamos!

En una sociedad donde el suicidio está penado con sanciones ejemplares y promesas de reencarnación humillante, solo los cercanos al poder y las grandes fortunas son capaces de permitirse el fallecimiento asistido. No obstante, para el pueblo, existe la opción de contratar los servicios de las agencias gubernamentales de seguros de muerte, únicas autorizadas para ofrecer un final dentro del marco legal. Las miles de cuotas a precios prohibitivos no son asumibles para la mayoría, aunque quizás sea ese el secreto de este mundo tan próspero donde la gente trabaja a perpetuidad con la esperanza de lograr el permiso para morir. Aunque no soy un muchacho, tampoco pertenezco al grupo de los veteranos. Apenas he alcanzado los 310 otoños, pero llevo más de 200 invirtiendo para este momento.

—41, 40, 39… ¡Seguros May sigue haciendo los sueños realidad! ¡Lo que nos importa son las personas!—

Es evidente que merece la pena. Estoy harto de escuchar lamentaciones esté donde esté. Los jóvenes por no tener la oportunidad de alcanzar los puestos de los mayores, los mayores y sus quejas por solo existir una primera vez para todo…

Desde mi butaca principal, casi olvido que llevo 50 años con la misma categoría en la sociedad. Y no logro recordar el tiempo que ha pasado desde que amé a una mujer, o a un hombre, ni de las décadas que llevo sin emborracharme y consumir drogas. Me aburre tanto la vida…

—22, 21, 20… ¡Cuenten conmigo!

Pero aquí estoy, ¡qué nervios! Las cámaras me enfocan, seguro que la emisión es un éxito. Será una tontería, pero siento un hormigueo en el pecho, creo que es el orgullo. Soy el hombre del momento. Todos me envidian. Saludo con la mano a mis padres, abuelos, bisabuelos y demás generaciones que me observan desde la segunda fila. Sé que están felices. Voy a ser el primero de la familia que muera en seis siglos. ¡Oh! Mis amigos también han acudido al evento. Hace tiempo que no tenemos mucho que contarnos, pero siempre han estado a mi lado. ¿¡Pero qué estoy viendo!? En la quinta fila reconozco a la que fue mi primera novia, me agito. Es raro, no me acordaba de esta sensación, tiemblo un poco.

—3, 2, 1…

Por fin. Silencio absoluto. Se apagan las luces a excepción de dos grandes focos que me iluminan sentado en mi trono. El Gran Sillón es dorado, al igual que la pequeña máquina que tengo al lado y desde la que cuelga un tubo que se clava en mi brazo izquierdo. Se escucha de nuevo el mensaje del patrocinador. Los Seguros May son los que más se preocupan por las personas, de eso no tengo duda. Todos aplauden. Silencio de nuevo. Ahora música suave. Creo que es lo último que escucharé. La máquina emite un clac y, lentamente, brota líquido en dirección a mis venas. Toda la atención de los espectadores está en mí, en el fluido que empieza a introducirse por mis venas. Sonrío.

Siento calor en el brazo. Ahora en el pecho. ¡Ahora en todo mi cuerpo! Noto como mi cerebro empieza a dilatarse… Bendito calor. Qué fría ha sido mi vida… pero qué calurosa es mi muerte. Miro a mi madre. empiezo a convulsionarme pero no la pierdo de vista, sonríe y lágrimas de alegría mojan su cara. Sabes que te quiero. Me hincho y mi piel se amarillenta. Siguen los espasmos, ahora muy fuertes. De no ser por estar enganchado al asiento estaría revolcándome por el escenario. ¡Qué dolor tan insoportable! ¡Es una bendición! La gente estalla nuevamente en aplausos y gritos. Están emocionados. Ya no puedo ver pero les oigo. Gritan con todas sus fuerzas. Vomito mi despedida.

—¡¡¡Ha sido una muerte magnífica!!! Seguros May ha vuelto ha vuelto a conseguirlo porque lo que nos importa, son ustedes, las personas.

 


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