Soy de barrio

“Soy de barrio, sí.” Pensaba mientras sorbía por la nariz los pocos mocos que aún sobrevivían al último resfriado.

Gabriel era un niño como otro cualquiera. A ojos de su madre, mucho más inteligente que el resto de críos de cinco años y, en opinión de los demás progenitores, un poco más tardo que los propios. Esos días, gracias a los anuncios que escuchaba en la radio de su padre por las tardes, había llegado al convencimiento de que ser de barrio es lo mejor que le puede ocurrir a alguien.

Chamberí no es un barrio, sino un distrito, pero sus maestros y familiares le recordaban, varias veces al mes, que él vivía en Chamberí, el barrio de los chisperos y faisanes. En realidad, no tenía muy claro qué era un barrio, dónde empezaba ni acababa o si había otros en Madrid, pero tampoco se lo preguntaba. Se sentía importante y podía mirar al resto del mundo con la chulería y arrogancia de quien se siente superior por algo innato.

De noche, cuando tumbado en la cama esperaba el habitual encuentro con el sueño que le transportaría al día siguiente, repetía imaginariamente los paseos ordinarios que daba con su madre por las calles aledañas al hogar. Le gustaba pararse una y otra vez en los parques infantiles de las plazas de Olavide y Chamberí, enumerando y distinguiendo las atracciones de una y otra. Después, recorría oníricamente la calle Fuencarral, que debía ser la más grande de la ciudad, siempre bulliciosa y alegre, en la que antaño, según su abuelo, había más cines que tiendas de chinos. ¡Cómo le gustaban a Gabriel las tiendas con chinos! De mayor él sería chino. Todo el día viendo en sus pequeños televisores películas de peleas, rodeado de chucherías y juguetes y escupiendo en las aceras de manera imponente. Pero sabía que sería complicado porque sospechaba que su padre no lo permitiría. Seguro que le obligaría a trabajar en lo que, según él, daba empleo a la mayoría de vecinos. Dentista, frutero o cocinero de hamburguesas. Miraras por donde miraras, siempre había uno de esos comercios. En cierto punto, estaba muy bien pensado, creía el chaval. La gente come muchas hamburguesas, que están ricas. Pero como dice mamá, se estropean los dientes. Ahí entran en juego las clínicas dentales, donde arreglan las dentaduras, y dan tanto miedo a la gente que, a partir de ese momento, sólo comen fruta, que es muy sana y ayuda a crecer. Todo lo que está bueno no es sano y viceversa, la vida es injusta por momentos.

Otra de las cosas que agradaban al niño era que la gente de Chamberí lo pasaba en grande haciéndose la despistada. Las mayoría de las personas se conocían pero evitaban el saludo siempre que podían. Él mismo observaba fijamente a los señores hasta que giraban la vista a sus ojos, momento en el que apartaba la mirada y se reía pensando – Te he visto miles de veces, sé quién eres y tú sabes quién soy, pero disimulemos. Es nuestro secreto.- Aunque con algunos, como el carnicero del mercado Barceló, que siempre le hacía probar el jamón york, muy sano por el sabor, y el vendedor de la farola de la glorieta de Iglesia, no había lugar para el misterio, pues eran ellos los que rompían el pacto de silencio y buscaban sus reverencias a base de carantoñas.

Y eso era todo, con alguna casa más, un colegio del cuál evitaba hablar siempre que podía y estaciones de metro donde seguro que vivían ratas, cucarachas y algún que otro ser nocturno y oscuro que le aterraba. ¡Qué suerte ser de barrio!


Leave a Comment