¿Y si…?

Desde hacía dos meses, el chaval se encontraba en París disfrutado de unas vacaciones Erasmus. Decía que aprendería un idioma y supondría un salto cualitativo en su expediente. ¡Nada menos que la Sorbonne Nouvelle! Lola, aunque reticente al principio, pensaba que sería una vivencia que haría madurar a su hijo. Al final, su marido Tomás, como siempre, tuvo que ceder y financiar la emigración temporal del joven a tierras galas. “Los viejos tienen el Imserso, los jóvenes las Orgasmus y los adultos la cartera abierta”, pensaba.

—Cariño, bajo al chino a comprar tabaco. Subo en un minuto.

—¡Ay el tabaquito! No podemos aguantar sin el cigarro… ¡Ni a las horas que son ya!— Cada vez que Tomás encendía un pitillo o se relacionaba de cualquier manera con el tabaco, Lola no podía evitar dar la puntilla con algún comentario de disconformidad.

El minutero estiraba su dedo afilado hasta casi tocar la media noche y, como cada viernes, a Lola le gustaba ver el programa de cotilleo en el dormitorio de su hijo. Ahora que no estaba, el olor a sueños de juventud que había dejado en la habitación al marchar transportaban a su madre cerca de él. De pronto, corte de emisión. Informativos de última hora anunciaban con estruendo un nuevo atentado terrorista, esta vez en la capital de la libertad, igualdad y fraternidad. Las cifras que barajaban eran de cientos de víctimas en una conocida sala de conciertos. Un leve zumbido en los oídos de Lola solapó las palabras del presentador.

“¡Mi hijo!” Fue el grito a media voz que salió de las entrañas de la mujer. No alcanzó a decir más. Todos los músculos de su cuerpo quedaron agarrotados. Las sombras empezaron a brotar de las paredes, reducían los espacios del cuarto, devoraban la luz que emitía el televisor. El mundo era negro. “Dios mío, mi pequeño. ¿ Y si…? No, por favor…” Los pensamientos se atascaban en la cabeza de la madre. “No ha llamado en todo el día… y con lo que le gusta salir por las noches…”

Las lágrimas, al igual que el resto de su ser, eran piedra. No lograban huir al exterior y ardían dentro de su cara. “¡Fui yo la que le animó a ir a estudiar allí! ¡Y él ni siquiera estaba convencido!” Entre las tinieblas de su alrededor, creyó ver ojos que le observaban impertérritos, un jurado tenebroso que cuchicheaba en silencio clavando la mirada en ella. Rompió a temblar. Fuerte. Millones de latigazos azotaban su cuerpo, venían de todas partes. “Cuando estaba en el colegio, no quería estudiar. Todas las amenazas y castigos que tuve que inventar hasta que entró en la universidad… ¡Y si le estaba condenando a muerte!” El zumbido de sus oídos era ya ensordecedor. “Y pensar que podría estar aquí en Madrid, en casa, con mamá…” El recuerdo de un Javi recién nacido, mecido entre sus brazos, se evaporaba. Lola trató de agarrar la imagen, pero sus manos no respondían.

El pitido en su cabeza cesó de golpe, la televisión volvió a iluminar su rostro. El teléfono móvil emitía una melodía ruidosa. Las sombras huyeron despavoridas. Al tercer intento, el índice tembloroso de la mujer logró descolgar la llamada.

—Mamá, ¡no te vas a creer lo que ha pasado! ¿Estoy bien eh? No te preocupes.—En ese momento, Lola estalló en llanto.

—¡Ya he vuelto!— dijo Mario entrando por la puerta.


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